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jueves 17 de julio de 2008

Las diez de la mañana...

Tuve que colgar el teléfono porque necesitaba las dos manos para abrazar las flores que Él me envió. Eran preciosas -la foto no les hace justicia-. Siguen siéndolo a pesar de estar ya marchitas. ¿Lo mejor? La nota manuscrita que las acompañaba...

Un año más...

¡Ole, ole y ole! ¡Comienzo un nuevo año! La oportunidad de cerrar etapa y retirar el crujiente envoltorio a otros doce meses en blanco; la ocasión de hacer algo diferente, si acaso mejor, o por lo menos intentarlo.

La única ventaja de estar casi sola es que comienzo la celebración a mi manera. No tengo ataduras en estos momentos, ataduras sociales, se entiende, aunque pudieran darse por supuestas. No, no las tengo.

Él me prepara un té de jazmín y coloca en el plato los caramelitos que necesito para comenzar el día: uno blanco y redondo, ligeramente rugoso, el otro color salmón, ovalado y suave. Luego, en taza grande, se sirve un café solo, fuerte, con dos cucharaditas de azúcar. El Rex comienza a humear en sus labios apenas unos segundos más tarde... Son las siete de la mañana. Saco de la vitrina los paquetes que han ido llegando a lo largo de esta semana y los voy abriendo mientras el té reposa... Un par de felicitaciones, dos libros, una libretita de Jordi Labanda para el bolso, un boli de Kukuxumuxu, una miniguía de Barcelona para que no me pierda cuando intente emular los recorridos de Dsdmona...

Es día laborable y Él se marcha a trabajar no sin antes hacerme prometer que no saldré de casa hasta las once. Hasta entonces, me refugio en mi pequeña terraza con Gato. Se está fresco a esas horas y es un auténtico placer entregarse a la lectura.

A las ocho y media comienzan las llamadas telefónicas, mi amiga M, mi prima, mi madre, Clash y mi padre, repitiendo como cada año el pequeño ritual de recordarme algo que sucedió hace mucho, mucho tiempo...

"Un día como hoy a estas horas, nació en Montmartre la petit chinoise, así te llamaban en la clínica de tan rasgados que tenías los ojos..."
Rondaban las diez de la mañana. Fue entonces cuando sonó el timbre.

El mejor regalo

"Balzac" visto por AkatsukiYami
Mi amigo vio a Balzac una tarde de sábado, mientras disfrutaba de su siesta vespertina sobre la mesa del comedor. Capturó con su cámara -no sabría deciros la técnica utilizada- una idílica estampa de placidez. Así se siente Gato en esta casa, totalmente adaptado, y así espero llegar a sentirme yo -pasito a pasito, cada día un poquito más-. Entretanto, la vida me otorga un nuevo regalo: un amigo, uno de los de verdad, de los que lo mismo comenta lo último leído, que ve conmigo una película, toma un café, me escucha, se queda a cenar, aguanta las compras del sábado en un centro comercial o nos echa una mano a la hora de pintar el salón. Algo así no tiene precio. Ahora tengo a mi Él, tengo a Gato y ... tengo a AkatsukiYami.

sábado 29 de septiembre de 2007

Badedas


La memoria olfativa, dicen, es la que activa más fácilmente el recuerdo trasladándonos sin dificultad a tardes de colegio entre ceras blandas, lápices de colores, a la cocina de la abuela y su compota de manzana y canela o al recreo de las once, donde Xavi y yo compartimos una piruleta de fresa que nos dejó los ojos brillantes y una sonrisa traviesa.
Algo así me sucede con el olor del Badedas, un gel inglés cuya fórmula a base de extractos de castaño de Indias, le confiere un perfume único que me traslada a enormes bañeras blancas en las que casi podías aprender a nadar, a baños de espuma en los que me sumergía cuando apenas había cumplido cinco años y, como ahora, el mar quedaba a muchos kilómetros de distancia...
Uno de mis pequeños placeres consiste precisamente en llenar mi pequeña bañera cuando la ciudad aún no se ha despertado, introducir los pies en el agua caliente mientras el gel se va deshaciendo y perfumando toda la estancia, y leer hasta que el agua ha alcanzado la altura correcta que me permite sumergirme... y soñar...

viernes 24 de agosto de 2007

Elynor Glyn o un regalo inesperado

Los libros del antiguo Liceo Casino de mi pueblo, fueron donados a la Biblioteca Municipal y así, en silencio y con un puntito de misterio, aparecieron un buen puñado de ejemplares de tapa dura y tacto similar a la tela, con trazas de no haber sido leídos nunca y rodeados de un profundo perfume mezcla de humedad y olvido.
El primer y único libro de Elynor Glyn que pedí en préstamo, era uno de ellos y llegó a convertirse en una especie de fetiche para mí, el alimento ideal para mis primeros sueños románticos. Tenía La carrera de Catalina, una prosa elegante no exenta de picardía, diáfana, fácil de entender y transgresora para la época en la que había sido escrito.
Fue una casualidad que mi amiga T conociera a esta autora y la hubiera leído y disfrutado tanto como yo. Este verano me ha sorprendido con uno de esos regalos que te llegan al alma, un regalo de cumpleaños tardío e inesperado: puso en mis manos tres libros recién encuadernados. Los había encontrado en tan malas condiciones que los envió a reparar antes de entregármelos, de ahí su retraso. Ritzi, es uno de ellos.
Si algún día, por casualidad, os encontráis en alguna librería de viejo con un ejemplar de “La carrera de Catalina” o “Alcyone”, animaos a conocer a esta autora... aunque sea de otro siglo.

lunes 20 de agosto de 2007

Terapias de choque

Where do Dragonflies Sleep? Rosanne Aubrey

Las terapias de choque engloban todos aquellos detalles que nos hacen sentir bien, nos levantan el ánimo, nos remontan a épocas pasadas o nos hacen soñar con un futuro. Son los encuentros con los amigos, una excursión al campo, un perfume, un plan, una postal llegada de algún lejano lugar, la contemplación de una pintura, jugar con una caja de ceras de colores, aprender algo nuevo, un regalo inesperado...


sábado 28 de julio de 2007

Alguien muy especial

"De profundis" de Miguelanxo Prado
M. J. es clarísimamente un ser de agua. Eso, ya de por sí, la hace muy especial, pero es que además no es uno de tantos. Creo que lleva mucho, muchísimo tiempo fuera de su habitat, pero un halo la rodea en todo momento a modo de escudo protector. No usa perfume pero mi memoria olfativa la reconoce en cuanto se acerca, asociándola con algo tierno, dulce sin ser cargante, un yo qué sé, que qué se yo, pero que inmediatamente me hace pensar en una mezcla de inocencia y sabiduría.
Creativa -su casa inundada de color-, muebles que ella misma diseña y ensambla luego, construídos al milímetro para cubrir sus necesidades. Pudiera ser una amorosa ebanista por cómo trata la madera, con respeto, por el árbol que un día fue y porque acaso guarde vestigios de ello. Amorosamente lija, pule, envejece, encera, barniza...
Investiga. Juega con oleos creando texturas y colores pintando pequeños cuadros sin aspiraciones que vayan más allá de mezclar y plasmar.
A pesar de su sensibilidad, su trabajo es duro, en íntima relación con la sangre y la muerte. Cuesta imaginar un alma tan exquisita enredada en tareas de esa índole; pero lo hace, y yo siento que pone tanta compasión en ello que un algo de su paz debe llegar incluso a aquellos que abandonan este mundo cerca de ella.
A veces se siente cansada, muy cansada, pero cuando estamos juntas, siempre saca una sonrisa mágica de su interior y me dice que todos somos necesarios, que su trabajo, que le cuesta más de lo que recibe a cambio, también tiene un por qué.
Ayer noche me ha enviado un sms para decirme que se va de vacaciones. Este año realmente las necesita. Le envié mis mejores deseos y una petición: si te acuerdas, tráeme una concha, por favor. "Lo haré", contestó. Y sí, sé que cuando bucee pensará en mí y encontrará la concha perfecta, una perfección que poco tendrá que ver con su aspecto. Por fuerza ha de ser un amuleto especial el que llegue a mí del mar y de sus manos.
Conocerla, estar en su compañía, es otra de mis terapias de choque. De M.J. me llegan siempre cosas buenas, cosas bellas, como la noticia de la existencia de la película "De profundis" y la imagen que ilustra este post que va por ella, aunque no lo sepa...

viernes 6 de julio de 2007

Una pizca de serenidad

"A" es un hombre que parece rodeado de un aura de serenidad en todo momento así que, cuando quedamos para tomar un café mañanero, recibo mucho más que un carajillo de Baileys o un Earl Grey con un cruasán a la plancha. No sé si tiene que ver con el Taichí o la meditación Zen que practica, pero de algún modo, siempre me transmite un poso de su paz y desde su experiencia, me da algún que otro consejo. Ni siquiera parece que me los esté dando. Simplemente los deja caer, como migas de pan enmedio del bosque.

domingo 24 de junio de 2007

Pequeños detalles

Foto de: Lludria

Mi amiga T es una mujer de exquisita sensibilidad cuya apariencia puede resultar en un principio algo mongil, hasta que te fijas en alguno de esos pequeños detalles que le acompañan: una extraña pulsera, un pañuelo de seda de envolvente colorido, un collar de lo más original... Si esto nos pasa desapercibido, nada entonces hace presagiar todo lo que oculta su canosa cabecita. Tiene extensos conocimientos sobre literatura, filosofía, pintura, cine..., pero no los lleva consigo como una bandera que defender o de la cual presumir. Ella no es así.
Él me dice que cuando me reuno con alguno de mis amigos me encuentra luego más animada, aunque me digan cosas que no me gusten, aunque sus palabras me planteen nuevas dudas y me recuerden antiguas certezas. Tiene razón. Con T, por ejemplo, el tiempo se me pasa volando. Con ella todo consiste en tirar del hilo. Un libro nos lleva a una película, o viceversa, o a un cuadro, o a un farol para disfrutar de una luz ténue en el atardecer de su terraza, o a los ojos índigos de Gato... Nunca se sabe. Un café con T se convierte en un viaje y nunca sé si me dejará en la parada del autobús o en la pasarela de salida del Queen Mary.